martes, 12 de agosto de 2008

El cubo


Hora: nueve y media de la mañana. Misión: crear “el cubo”. Tiempo límite: tres horas mal contadas. Cada integrante del grupo parte a cumplir su misión mientras yo trato de reunir todas las neuronas que me restan para poder entender como rayos se hace un cubo con un pedazo de barro gelatinoso. Miro a mi alrededor, todos parecen saber lo que hacen. Todos menos yo, claro. Trato de conseguir al jefe en mando, pero no aparece ni de casualidad…
Es un día normal en la clase de “supervivencia en condiciones extremas” o como dice la matrícula, cerámica 101. Todos los lunes nos reunimos por tres horas, unos para salir del paso, otros para aprender sobre éste arte, y una minoría, en la cual yo estoy incluida, para sacar dinero de lo que pueda surgir. Aún no pierdo las esperanzas.
Gracias a mi habilidad de ignorar el reloj despertador, siempre llego tarde a la clase, lo que significa que pierdo las instrucciones principales para realizar mis valiosas obras. No obstante, nunca me doy por vencida y gracias a la habilidad periodística de estar metida en todo, logro cumplir con mis tareas.
Sin embargo, hoy, el día de hacer el cubo, todos se levantaron en el lado de la cama equivocado. Nadie me dejaba ver, el profesor no aparecía, mi compañero de siempre faltó y yo empezaba a sentir mareos por el calor intenso que convertía el salón en un horno.
“O.K., un cubo no me va a derrotar”, pensé tratando de convencerme de que todo iba a estar bien. Luego de unos largos segundos, me acordé de cómo se hacen las galletas “home made”. “Claro, se aplasta la masa y se le pasa el rolo”, analicé, haciendo la analogía. No estoy segura si dije eso en voz alta, pero la realidad fue que todos me miraron con cara de “que cafre nena, pensando en reggaetón a esta hora”, lo que a mí me importó un bledo. Ya había descubierto la primera parte.
Luego se darle “amor” al barro y aplastarlo con el rolo-plancha que encontré, procedí a hacer la cirugía. Con bisturí en mano y una regla en la otra hice lo que nunca pude hacer en pre escolar: corté seis cuadrados perfectos. Sé que mi maestra de jardín de niños debe estar riendo en su tumba por la tardanza en perfeccionar una técnica tan sencilla como la de cortar cuadrados. “Mejor tarde que nunca”, y me reí con ella.
Habían pasado una hora y media desde que empecé con el cubo mágico, y aún no se secaban las piezas para poder unirlas con barro mojado, o barbotina. Las gotas de sudor bajaban. Todos en el salón ya estaban adornando sus cuadrados y yo estaba lenta, lentísima y parada. El sol de medio día empezaba a brillar con toda su fuerza, las gotas de sudor en partes no visibles no se hicieron esperar. El mareo se intensificaba llegando a proporciones apoteósicas. Nadie se daba cuenta que lo que iba a colapsar no eran las paredes del cuadrado recién hecho, sino yo. El profesor no aparecía, todos se largaban del salón, yo no podía dejar a mi “pieza-hijo” solo, sin terminar, como un aborto. “Me niego a ser una mala madre”, grité. Y con mis últimos suspiros pujé al cubo mágico.
Luego de dos horas y media de clases volvió el profesor. Solo quedaban la mascota del salón, una chica de otra sección y yo. Me encontró uniendo la tapa y el fondo del cubo. Se acerca y me dice: “La tapa y el fondo debían de medir una pulgada más que las paredes”. Lo miré con cara de madre ofendida. “Luego de toda una clase lidiando con mi cubo, creándolo yo solita con el amor más grande, vienes tú, padre inepto, a decirme como lo tengo que criar…eres un atrevido”, pensé. Parece que el tipo es psíquico porque me dejó tranquila sin “aconsejarme” nada más.
Ubiqué con cariño a mi retoño al lado de sus otros hermanitos, la vasija y el plato. Todos se parecían, tenían esa belleza rara que caracteriza a las personas interesantes, o en sus casos, los objetos de valor. Quizás para todos seamos la familia “Frankestein”, pero a mí me importa poco lo que digan de mi familia. Nadie hizo jamás una familia tan linda como la mía, ni ha existido un estudiante que se atreva a olvidar sus malestares con tal de sacar a sus pequeños adelante, como yo lo he hecho. He dicho.

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